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Mike Figueroa, un entrenador de boxeo del Bronx, llegó al bachillerato ATLAS en Queens, Nueva York, un día del año pasado y la directora, Elizabeth Messmann, lo apartó rápidamente. Un estudiante estaba a punto de abandonar la escuela, y ella pensó que Figueroa podría ayudar, según cuenta él.

No se trataba de su rendimiento académico ni de la falta de créditos. El estudiante, como la gran mayoría de los alumnos de la escuela, era nuevo en el país. Vivía en un albergue y lidiaba con una situación de inseguridad. Quizás pensó que sería mejor renunciar a obtener su diploma de bachillerato y buscar trabajo.

Para muchos jóvenes inmigrantes, la educación puede sentirse como una pérdida de tiempo, por mucho que vayan a estar en Estados Unidos, cuando podrían estar trabajando. De ese modo, en caso de que los deporten, al menos habrán ganado algo de dinero para llevar de vuelta a su país de origen.

De acuerdo con Figueroa, la madre del estudiante había ido a la escuela para darlo de baja. Pero, antes de que pudiera hacerlo, la directora le dijo al entrenador que al estudiante le encantaba el boxeo. Tal vez había una manera de convencerlo de quedarse en ATLAS.

Y así, Figueroa hizo un trato con él: clases privadas de boxeo a cambio de mejorar la asistencia.

“Y finalmente se graduó el año pasado”, dijo Figueroa a CNN Sports. “Una vez que vio esto, y supo que si no iba, lo perdería, entonces estuvo aquí todo el tiempo”.

Ese es el impacto que Figueroa y Messmann esperan tener con el club de boxeo y otros programas poco convencionales en ATLAS. La escuela atiende a un grupo demográfico único con el objetivo de brindarles espacios y oportunidades que reconozcan esas circunstancias.

Alrededor del 85 % de la población estudiantil de ATLAS llegó a Estados Unidos en los últimos tres años, dice Messmann. Muchos son hispanohablantes que están aprendiendo inglés por primera vez. La escuela dice que no realiza un seguimiento sistemático del estatus migratorio de los estudiantes. Pero a menudo surge al determinar a qué programas de la ciudad pueden optar los estudiantes o al ayudarlos a solicitar ingreso a la universidad. Messmann estima que más del 50 % de la población estudiantil está en proceso de regularizar su situación migratoria.

La matrícula en ATLAS se disparó a medida que la pandemia de covid-19 disminuía, y el alumnado se expandió a alrededor de 1.400. Sin embargo, las medidas enérgicas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) del Gobierno de Trump en todo el país amenazan con revertir los avances logrados en ATLAS: al 31 de marzo, la matrícula se había desplomado a 732 estudiantes, muy por debajo de los 1.181 que los administradores escolares esperaban para este año académico.

“Uno de los mayores desafíos que enfrentamos como comunidad es la asistencia: el ausentismo crónico. Los niños vienen a la escuela con menos frecuencia, y creo que parte de ello es que no se sienten seguros al desplazarse hacia la escuela”, aseguró Messmann.

Cultivar una cultura

La señalización en todo el colegio contribuye directamente a crear un ambiente acogedor.

“Aquí perteneces. Estás a salvo. Eres valorado”, dice un póster que aparece en pasillos y aulas. El texto continúa asegurando a los estudiantes que, sin importar su idioma o el tiempo que lleven en este país, deberían sentirse como en casa en el aula y con sus maestros. Una calcomanía en una puerta proclama SOY UN EDUCADOR SIN MIEDO que trabaja “con y para estudiantes y familias indocumentadas”.

Messmann es explícita sobre las consideraciones que conlleva educar a inmigrantes recién llegados que, comprensiblemente, están ansiosos por su futuro en Estados Unidos.

“Sí escuchamos de padres que tienen miedo de enviar a sus hijos a la escuela, o que anticipan ser deportados”, aseguró Messmann. “Y debido a que tienen este sentimiento o la sensación de que pronto enfrentarán la deportación, quizá no se estén comprometiendo realmente con la escuela —con el proceso de obtener una educación— porque están eligiendo trabajar”.

La señalización alrededor del bachillerato ATLAS da la bienvenida a los estudiantes migrantes.

La escuela, entonces, necesita servir tanto como un refugio de la ansiedad exterior como un facilitador realista para un futuro mejor, todo mientras intenta convencer a los estudiantes y a sus familias de que la educación cumple un papel en ambas iniciativas.

“Así que creo que eso nos lleva a intentar realmente ser innovadores en los programas que ofrecemos”, dijo Messmann.

Eso significa un armario comunitario organizado para que parezca una boutique real, para que los estudiantes puedan conseguir lo que necesitan, pero también tener una experiencia de venta minorista, tanto comprando en una tienda como trabajando en ella. Y clubes que ofrecen a los estudiantes la oportunidad de aprender a arreglar un iPhone o cortar el cabello o ser manicurista.

“Ese tipo de programas interesan a los estudiantes”, aseguró Messmann. “Pero también, maneras en que nuestros estudiantes pueden ganarse la vida mientras obtienen su documentación”.

Y detrás del escenario del auditorio, subiendo por una escalera resonante, hay un antiguo armario de almacenamiento que se ha convertido en un gimnasio de boxeo. Allí, adolescentes desgarbados con zapatillas chirriantes practican su inglés fuera de un entorno de aula, construyen comunidad entre ellos, canalizan cualesquiera miedos o frustraciones que puedan estar sintiendo en expresión física y trabajan hacia una certificación de entrenador que les da oportunidades de ingresos.

El entrenador de boxeo Mike Figueroa entrena a estudiantes en el bachillerato ATLAS.

Es un lugar seguro donde pueden ser vistos, destacar y alzar la voz.

“Creo que solo quieren que los noten”, dijo Figueroa. “Así que les digo: ‘Escuchen, gran trabajo. Lo han hecho muy bien’”.

Consuelo a través del boxeo

La transformación del espacio ocurrió en el verano de 2024. Messmann se puso en contacto con Figueroa, quien estaba entrenando clientes por toda la ciudad, además de enseñar en diferentes bachilleratos, y le mostró el espacio. Trabajó con los conserjes para colocar colchonetas de ejercicio, colgar sacos pesados y empapelar las paredes con pósters de peleas famosas.

Cuando comenzó el año escolar 2024-25, el club de boxeo estaba entre las ofertas no tradicionales que ATLAS brindaba.

Comenzó con un golpe sordo.

“Todos los sacos pesados literalmente se cayeron al mismo tiempo, simultáneamente”, dijo Figueroa sobre un momento al principio de la existencia del programa cuando los sacos de boxeo se cayeron de sus soportes, un momento de aprendizaje en el intento de convertir el armario de almacenamiento en un gimnasio.

“Pero, en ese momento, ya teníamos el compromiso de los estudiantes”.

Mike Figueroa instruye a los chicos en el programa de boxeo del bachillerato ATLAS.

Uno de esos estudiantes es James.

A James, ahora de 18 años, y a su padre les tomó un mes viajar de Ecuador a Nueva York. “Autobús, tren, avión y también barco”, dijo sobre el viaje.

“Mi papá estaba tan nervioso”, recordó. Pero James niega sentirse nervioso: “Tengo en mi mente: ‘Relájate, relájate’”.

Estar sentado quieto siempre ha puesto ansioso a James. La fisicalidad del viaje ayudó a mantener las preocupaciones a raya. “A veces”, dijo, “cuando me muevo, no puedo sentirme nervioso”.

Su vida en Ecuador estaba llena de familia —incluidos 27 primos— y amigos en la escuela, donde James era presidente del consejo estudiantil. Dejó todo eso atrás, sobre todo a su madre y a su hermana, debido a “los problemas”, dijo, “los problemas económicos. El país es peligroso”.

James y su padre llegaron a Nueva York hace dos años, sin documentación legal. Por esa razón, CNN acordó usar solo los nombres de pila de los estudiantes, como James, en esta historia, ya que temen por su seguridad.

Inicialmente, James estaba trabajando. Después de todo, esa era la razón por la que había ido a Estados Unidos: ganar dinero para su familia. No obstante, el otoño pasado, comenzó en ATLAS. Se asombró de los útiles escolares gratuitos, la diversidad del alumnado y la calidad de los maestros. En Nueva York, todo es tan rápido: puedes comprar algo en línea y tenerlo al día siguiente.

Sin embargo, ese noviembre, cuando Donald Trump fue elegido para un segundo mandato como presidente, James admite que se sintió “un poco nervioso”.

“Me preocupo todo el tiempo por mis estudiantes. Me piden con frecuencia que escriba en su nombre, abogando por ellos cuando tienen que ir a citas de inmigración, a la corte”, dijo Messmann. “Y les escribo la carta y luego rezo para que regresen al día siguiente porque no sé qué va a pasar cuando vayan”.

Recientemente, un estudiante al que le faltaban solo tres clases para graduarse fue deportado. Los estudiantes de ATLAS son reacios a hablar sobre el clima político. Les preocupa revelar su estatus y, cree Messmann, no sienten que tengan voz en este país.

La ansiedad en la escuela es palpable, afirma ella.

“Creo que el clima tiene a todos al límite”, dijo Figueroa. “Pero el programa de boxeo definitivamente les ha traído consuelo y tranquilidad”.

James, estudiante del bachillerato ATLAS, entrena en el programa de boxeo de la escuela.

Cada mañana, el papá de James le dice que tenga cuidado. Él sigue estando más nervioso que su hijo. Pero James admite que probablemente no diría nada incluso si tuviera miedo. Cuando habla con su madre en Ecuador, le dice que todo está bien, incluso cuando no lo está.

“No hagan eso, chicos”, bromea sobre esta estrategia para reprimir sus emociones. “Comuníquense”.

En cambio, canaliza sus sentimientos en la música, que empezó a componer cuando llegó a Estados Unidos, y en el boxeo, que le permite despejar la mente.

“Cuando salgo del gimnasio, siento como: ‘Oh, estoy bien’. No estoy estresado, no hay problemas”, dijo James. “Tengo paz mental”.

‘Mi objetivo es tener una pelea’

Un grupo de unos 20 chicos entrena los martes y jueves después de que termina la jornada escolar. El miércoles, a la hora del almuerzo, el entrenador Figueroa entrena a un grupo más pequeño de chicas para boxear. Es una oferta nueva este año escolar, inspirada, en parte, por una estudiante de penúltimo año de 18 años llamada Gabriela.

Gabriela dice que tenía 10 años cuando se enteró de que las personas que ella creía que eran sus padres en realidad eran sus abuelos. Le dijeron que su madre había dejado su hogar en El Salvador para mudarse a Estados Unidos. Y que Gabriela eventualmente se reuniría con ella —y con un hermanito cuya existencia no sabía— en Nueva York.

En 2021, cuando tenía 13 años, Gabriela se subió a un avión por primera vez para conocer a la desconocida que la había dado a luz.

“Solo sé que ahora ella es mi madre y él es mi hermano”, dijo Gabriela, “pero no sé, no lo siento así”.

Sin embargo, fue su madre quien le habló sobre la depresión del inmigrante.

“Todos la tienen”, afirmó. “Y la gente que no conoce ese problema dice algo como: ‘Te vas a olvidar de eso’. Pero eso no es verdad. Porque llevo cinco años aquí en la ciudad de Nueva York, y todavía tengo la sensación de que mi vida está allá. Pero sé que no lo está”.

Extraña la comida y el clima de El Salvador. En TikTok, ve los videos de arrestos migratorios en todo Estados Unidos. Recientemente, su madre le mostró un video de un niño pequeño siendo detenido. Gabriela no está acostumbrada a ver a su madre emocionarse, pero esto la hizo llorar.

Gabriela también lloró: por el niño del video, por su hermano menor, por quien se preocupa, y por su madre, que trabaja turnos de 14 horas en un restaurante y aun así teme por sus hijos.

“Es realmente difícil para mí porque la amo”, dijo Gabriela.

Al principio, Gabriela asistía a otro bachillerato en la ciudad, y se transfirió a ATLAS porque tenía más oportunidades. Fue una transición difícil. Es introvertida y la enorme cantidad de estudiantes en ATLAS la abrumó al principio. Quería transferirse de nuevo. Pero entonces conoció al entrenador Figueroa y encontró lo que siempre había estado buscando.

“Desde pequeña, siempre he querido probar el boxeo”, aseguró Gabriela. Ahora, pasa toda la semana esperando aquello que la motiva a ir a la escuela. “Solo los miércoles, y solo para boxear”.

Gabriela, estudiante del bachillerato ATLAS, ha demostrado un talento excepcional para el boxeo, según declaró su entrenador, Mike Figueroa.

No mucho después de que empezó a entrenar, Gabriela le preguntó a Figueroa cuándo podía hacer sparring. Eso le indicó que ella iba en serio con el deporte. Gabriela es inteligente y aplicada y se describe a sí misma como no muy sociable. Está comprometida con sus estudios y con el gimnasio. A veces, piensa que quiere ser abogada cuando sea grande, pero también tiene otro sueño.

“Ese es mi sueño, el boxeo”, dijo Gabriela. “Mi objetivo es tener una pelea, una pelea profesional. Algún día, no ahora”.

Ella es buena, y lo sabe. En el gimnasio, no le importa ser el centro de atención y lo es. Figueroa dice que las otras chicas se quedan un poco hipnotizadas viéndola aporrear los sacos de boxeo con intensidad.

“Llevo haciendo esto 20 años, quizá, y hay ciertas personas a las que puedes más o menos ver y, sí, si ella estuviera haciendo esto cuatro veces a la semana y tuviéramos un espacio más grande y pudiéramos tener un programa de chicas más enfocado, creo honestamente que podría darle una paliza a muchos chicos, para ser sincero”, dijo Figueroa. “Sí, es así de buena”.

“Diez de diez”, señaló sobre su destreza en el boxeo.

La abuela de Gabriela no sabe lo del boxeo; Gabriela teme que se preocuparía demasiado. Pero cuando imagina su futuro en el ring, Gabriela se imagina a toda su familia allí, viéndola. Hay música de reguetón sonando, todas sus canciones y artistas favoritos. Y un maestro de ceremonias la está anunciando al público: “Mi nombre, mi edad, mi información”, imagina.

En sus sueños, el boxeo es un boleto hacia un futuro en el que no hay necesidad de ser recatada y no hay nada que ocultar.

Aprovechar al máximo el tiempo que tienen

El sueño boxístico de Gabriela es grande. Pero hay aspiraciones más prácticas para el programa de boxeo que no implican encabezar algún día una pelea por un título. Este semestre, Figueroa introdujo un nuevo plan de estudios que permite a los estudiantes de último año trabajar para convertirse en entrenadores certificados.

Están aprendiendo a liderar, a comunicarse con claridad en inglés, a infundir confianza en los demás mientras fomentan la mejora. Y, además, están obteniendo una credencial vocacional.

“Lo grandioso del entrenamiento personal, como sabes, es que es algo que puedes hacer prácticamente en cualquier momento y en cualquier lugar”, dijo Messmann. “Les resulta atractivo a los estudiantes porque lo ven como algo que pueden hacer para conseguir empleo”.

Un estudiante lleva las manos vendadas para practicar boxeo.

A James le gusta la enseñanza que están dando en el gimnasio este semestre, donde practican el entrenamiento entre ellos. Esto encaja con la misma personalidad extrovertida que lo inspiró a ser presidente del consejo estudiantil en Ecuador. Su positivismo es una ventaja para motivar a los demás, al igual que la practicidad lo motiva a él.

“Cuando aprendes a enseñar en el boxeo, son más puertas que puedes abrir”, dijo.

Figueroa, a quien James considera como un hermano mayor, tiene previsto expandir el programa de boxeo a otras escuelas y emplear a los graduados para que le ayuden a entrenar a la próxima generación de estudiantes.

James puede verse haciendo algo así. Pero también quiere ir a la universidad, mejorar su inglés. “Y el resto del tiempo que tengo aquí es solo trabajo. Ganar dinero, ayudar a mi mamá y ayudar a mi familia”, dijo James.

Sobre el tiempo que le queda: no sabe cuánto durará y no está seguro de poder decidir por sí mismo. Cuando se le pregunta si cree que finalmente será deportado, James no da rodeos.

“¿Yo? Sí”, afirmó. “Creo que sí”.

Con información de Madeleine Stix, Deborah Brunswick y Tiara Chiaramonte, de CNN.